Un Templo de Dios

Escrito por: Ravi Zacharias

Mensaje cristiano de Ravi Zacharias. El templo existe para ser el lugar donde Dios pueda habitar. Ese es el punto de partida de cualquier llamado. Simplemente no es posible mezclar lo profano con lo sagrado. Saber que soy templo de Dios es conocer que mi ser es una expresión sagrada.



La Biblia nos presenta el proyecto para este fundamento a través de una descripción metafórica de cada seguidor de Jesucristo. El apóstol Pablo dice que somos el templo en que habita Dios (cf. 1 Corintios 3:16-17; 6:19; 2 Corintios 6:16; Efesios 2:21-22). (Ver también: Reparando el Templo de Dios en mi Vida)

Los adornos del templo: los colores, las piedras preciosas, el oro y las decoraciones son accesorios a la razón del templo. Este existe para ser el lugar donde Dios pueda habitar.

Ese es el punto de partida de cualquier llamado. Simplemente no es posible mezclar lo profano con lo sagrado. Saber que soy templo de Dios es conocer que mi ser es una expresión sagrada. Si soy médico, ¿podría tomar decisiones que desacralizaran la vida? Si tengo una editorial, ¿podría distribuir contenidos profanos? Si soy un deportista, ¿podría hacer trampa? Si trabajo en el ministerio, ¿podría usar métodos manipuladores para conseguir mi sustento? La respuesta a todas estas preguntas es un rotundo no.

Por eso, el fin nunca justifica los medios; estos deben justificarse por sí solos. Por tal motivo, es difícil vivir como cristiano, porque a menudo nos sentimos tentados a comprometer nuestros valores fundamentales con el objetivo de conseguir un fin pragmático.

A unas pocas millas de donde vivo, un negocio se promociona y anuncia como un «centro de entretenimiento y juguetes para adultos». Pero no es nada de eso. No es para adultos. Su clientela la constituyen hombres que nunca han madurado moralmente.

Este lugar no vende nada que pueda catalogarse como un juguete, porque la sexualidad es sagrada y usarla para la diversión producirá cada vez peores resultados. Tampoco es un centro, porque distorsiona el punto central de la vida.

Lo irónico de esto es que su dueño en una entrevista con los medios se declaró como cristiano. Este individuo no ve nada malo en vender estas cosas. La Biblia, por el contrario, dice que a una persona como esta, capaz de destruir vidas, más le valdría colgarse al cuello una piedra de molino y hundirse en lo profundo del mar que caer en manos de Dios (cf. Mateo 18:6). Alguien así ha perdido el centro de su vida, lo único que puede determinar todos los llamados.

El libro de Éxodo explica poderosamente cuál es el propósito de nuestra redención y el patrón para nuestro servicio.

Dios en persona dictó el plan para el tabernáculo, el precursor del templo. Poco después le dijo a Moisés que subiera a la montaña, donde lo hizo esperar durante seis días mientras una nube cubría la cima.

Luego, durante los treinta y cuatro días siguientes, Dios procedió a darle con lujo de detalle los pormenores para la construcción y la función del tabernáculo: desde dónde colocar cada objeto hasta quiénes lo debían construir.

Por tanto, bien podríamos preguntarnos si Dios en realidad necesitaba hacer todo esto. ¿No le hubiera bastado confiar en los constructores para llevar a cabo su tarea? Sin embargo, mientras comienza a dar sus instrucciones, dice: «Después me harán un santuario, para que yo habite entre ustedes. El santuario y todo su mobiliario deberán ser una réplica exacta del modelo que yo te mostraré» (Éxodo 25:8-9). Y cuando termina las instrucciones, afirma: «Donde yo me reuniré contigo y te hablaré … Mi gloriosa presencia santificará ese lugar» (Éxodo 29:42-43).

Pues bien, este pasaje habla de tres cosas: la presencia de Dios, su voz, y la consagración de la estructura para su gloria: los tres «Resplandecientes» de El progreso del peregrino una vez más en escena, si bien con otras palabras.

En términos del llamado de Jesús para cada uno, nosotros somos ahora ese tabernáculo y el lugar de la morada de Dios una verdad absolutamente única y diferenciadora de todas las demás religiones. Por ejemplo, los musulmanes deben mirar hacia la Mecca cuando rezan.

En cualquier hotel del Medio Oriente se ven flechas que señalan en dirección a ese lugar. Es una ceremonia obligatoria que conduce a la manipulación de millones de mentes. Por otra parte, en los templos de otras religiones es necesario aceptar ciertos rituales y funciones sacerdotales consideradas ineludibles para la adoración.

Sin embargo, el peregrino, que ha visto rodar su carga hasta quedar a los pies de la cruz, ahora es un templo, y, por lo tanto, la comunión con Dios es personal y directa. Ese es el contexto general de todo nuestro llamado.

El médico venera al paciente por la misma razón que el jugador de fútbol cuida de su físico. Los detalles de su llamado son diferentes porque el lugar de su santuario es distinto.

Sin embargo, el privilegio de tener acceso personal y por igual a Dios es el mismo en cualquier momento y lugar. Por eso, ambos llamados son sagrados. Tú y yo somos templos. ¡Qué metáfora divina para jerarquizar nuestro llamado! Un templo, sencillamente, no se profana.

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